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Por Shirley Herrera

Destino Caral

07:30am – Cual guía turística artesanal procedí a recoger a Luis, fotógrafo cusqueño nato y Deysi, parce de Cali que vino a conocer Perú con un equipaje de emociones. Se unieron a nuestro batallón Gaby, ingeniera civil cusqueña y mis primos Alejandro, policia honesto de esos poquitos que hay por estos lares y Fiorella, estudiante de turismo.

Llegamos al terminal de la zona norte de Lima para tomar el bus, una vez comprado los boletos esperamos una hora para partir después de una incursión urbana de publicidad pegable.  Pasada dos horas de viaje, un cartel de «Bienvenidos a Supe» nos encendían los ojos, lamentablemente el chofer del bus no pensó lo mismo y nos dejo botados 2km más de lo previsto, caballeros, teníamos que regresar a la ruta.

Una vez ubicados en el punto, tomamos unos autos públicos que en media hora nos llevarían al pueblo. Un puente, a lado de una sábana de ajì paprika nos indicaba el inicio del camino, andamos una media hora entre foto,letrero, foto, desierto, hasta que por fin divisamos muy cerca la Ciudad sagrada de Caral.

Fundamentándome con la pagina del Estado peruano, «Caral es la ciudad más antigua del Perú (más de 5000 años desde el presente) y cede de la primera civilización andina que forjó las bases de una organización social propia y singular, que junto a Mesopotamia, Egipto, india, China y Mesoamérica son los focos originarios de cultura en el mundo».

Un simpático guía al que le costaba llamar nuestra atención nos informaba de cada detalle vivido en este reconocido patrimonio cultural. Terminado nuestro recorrido de casi dos horas por la zona de pirámides y desierto, un valle nos indicaba nuestra ruta de regreso, una carretera vacía nos elevaba la adrenalina y un estómago enfurecido nos pedía alimento.

Un bus de escolares de la zona se apiadaron del sexteto aventurero y nos dejaron en la carretera panamericana norte, ruta cercana al departamento de Ancash. La guía trucha, o sea yo, no acató dictaduras y al unísono todos dijeron «vamos directo a Lima» ya que la gastritis amenazaba con cobrar factura.

Llegamos a Lima exactamente 21:00. El cielo gris oscuro indicaba que el almuerzo se había convertido en cena, pero aquella frase de «barriga llena y corazón contento» era más que cierta y así el día con sonrisas consecuentes y el meeeeeeeetal infaltable de todo el camino, nos dio las buenas noches.

Así acabó, y no se duerman, que aquí termino. Si Lima quizás es sólo un punto de llegada para dispersarse por lo bonito del Perú, hay cosas en la capital, aunque no lo crean, que es merecido conocer y lo digo yo, eso es raro.

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Shirley Herrera C

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