Por Shirley Herrera
Me quito a Quito
Un videito ...

Claro está que llegar al norte del Perú es muy divertido, lo malo que si vas en plan mochila 20 horas de viaje desde Lima hasta Tumbes se convierten en una penitencia, y sumada las 10 horas pendientes para llegar a Quito es asegurarte un lugar en el cielo. Este viaje fue hecho con el grupo cultural Manotas, integrado por mis incondicionales “Silencio” y “Siete”; en el trayecto al norte conocimos a unos amigos argentinos, Manuela y Nico con quiénes compartimos no sólo las largas horas de viaje, también el taxi para el sellado de nuestras entradas al vecino país y la llegada intacta a la capital ecuatoriana. Ya en el bus, nos acomodábamos para el respectivo descanso hasta que el calorcito de Machala me hacía recordar a mi selva peruana.
Llegamos muy tempranito a Quito, una ciudad muy linda, ordenada, grandes avenidas, y un Guápulo que automáticamente me robó el corazón. Nos hospedamos los primeros días en la casa de un amigo de Silencio, lo que no me había percatado que solo había cambiado $70 en la frontera, y el resto de dinero que tenía era moneda peruana. Caballera, tenía que aceptar que mis dos hermanos de viaje me mantengan temporalmente como en los años 50.
Previas al cumpleaños del Siete, fuimos a calentar motores con un rico canelazo al Café Guápulo del buen amigo Fidel, ahí conocimos a los inolvidables Ramiro y Luciana que curiosamente ella cumplía años horas antes. Vaya fiestita la que nos echamos pero al día siguiente teníamos que buscar un lugar para vivir y felizmente lo conseguimos; un cuarto de 30mtrs aprox. con una cocinita pequeña, baño propio y en el mismo Guápulo. No era la primera vez que mi cama era una bolsa de dormir, pero sí el de vivir a lado de un cementerio que felizmente fue amigable conmigo.
En nuestra condición de adultos viajeros teníamos que pagar un alquiler, y para eso teníamos que trabajar. Debido a que el talento de hacer malabares y tocar la guitarra no se me fue concedido encontré una función que en particular a mí me gusta mucho, y era el de dar “Abrazos”, era gracioso al comienzo hasta que cada conductor (a) que nos compartían algunas monedas reclamaba el apapacho antes que cambia el rojo del semáforo. En mi ignorancia, me quedé muy sorprendida cómo en un par de horas se podía tener una considerable suma de dólares para pagar las responsabilidades y darnos varios gustitos. Todo estaba saliendo bien, incluso contactamos con la Casa de la Cultura Ecuatoriana, que nos dieron un permiso para poder hacer presentaciones en varios parques de la ciudad, contentos y agradecidos soñábamos que algún día nuestro país también pudiera tener ese chip cultural.
Las semanas pasaron, Siete y yo teníamos que volver a Lima, él por el operativo “Yolanda” y yo por mi amigo Juank que regresaba de Australia y ya habíamos quedado en hacer un viaje por el sur. Silencio decidió quedarse un tiempo más en Quito y quizás seguir subiendo hasta Colombia. Ese último día en Quito fue tan memorable que es para contarlo como una nueva historia, ahora de sólo recordarlo me rio, literalmente, en silencio. Una vez que pasamos la frontera pisando suelo peruano, el valor de mi dinero se había reactivado. Me sentí millonaria y agradecida en TODOS LOS SENTIDOS.





























